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El ANTI-ADENTRO 
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Nota El ANTI-ADENTRO
EL ANTI-ADENTRO


Yo estuve en ese planeta de mierda. Ese palo de cemento,
esa pared. Yo estuve en ese infierno de tarjetas de navidad, frases
recicladas, leyes.

Participé de reuniones sociales con ceniceros de conchas
marinas, chaquetas de cuero, piel tan adicta al papel confort, las
servilletas, las toallas, los pasamanos, las páginas llenas de basura,
el piso tan lleno de tierra que parecíamos lijados y viejos y nos
colgaba todo.

Yo fui protagonista y fui secundario y pasé a llevar y me
pasaron por encima; 365 días al año.

Cacé, me cazaron, me casé con Catalina Maturana.

Jamás me sentí menos humano que cuando era un ser humano. Ahí, en el INMundo, el departamento sucio, ahí donde ni siquiera hay espacio para estirarse. Viendo a las plazas llenarse de basura. Y las micros rebalsarse de vómito. Y los pacos lavarse la ropa llena de la sangre de otro. Como ha sido siempre.

Yo escuché los bocinazos a diario y los olvidé mientras
sonaban. Vi atropellos, vi atropellados, fui al Burguer King.
Imaginé cosas donde no las había porque eso era mío. Soñé con
irme lejos, abandonarlo todo, virarme.

Soñé con tener el control, conservar fotos, ayudar a un
ciego a subirse a la micro. Soñé que estaba drogado en una oficina
llena de luces color violeta y amarillo. Soñé que era bueno y a un
viejo que proyectaba viejas películas en un teatro viejo le
importaba. Soñé que la ciudad estaba en ruinas y Pinochet bajo
una roca. Soñé que se quemaba mi techo y el cielo me caía encima
como un auto pateándome la cara.

Leí a Kerouac y a Tim Leary, les creí a los dos. Me hice una casa fuera de la sociedad. Me la imaginé, me la presentí, me la profeticé, me la llevé largas noches, me la rondé largas noches, me la tensioné (me la armé de puntas de clavo), me la guardé en dibujos y cifras y cuadernos viejos. A veces abría la mochila en una sala de espera y me ponía a bosquejar algo parecido a mi casa, trazaba líneas sobre otras líneas que se veían casi idénticas a las originales. Trazaba una ilusión sobre otra ilusión porque eso era mío.

Cata no era mía porque era mía igual y viceversa. Tuvimos una hija, Isidora, que no era de nadie. Tuvimos discusiones ajenas, impersonales, hacíamos de matrimonio. Dividimos un hogar en cuartos y luego hablábamos de compartir. Nos odiábamos en la rutina y arruinábamos vacaciones. La televisión conversaba por nosotros. Nos gustaba arrendar videos, ir al shopping, pedir una pizza de vez en cuando. No nos gustaba conversar ni ser descubiertos. No nos gustaba hablar de abandono. Cata volvía del trabajo, entraba al baño y se sacaba las cejas con una pinza hasta que bajo su frente se formaba una costra de puntos rojos. Isidora lloraba sobre una almohada cuya funda se iba poniendo cada vez más transparente, como si llorara sobre un fantasma. Y yo estuve ahí, en el lugar de los castrados.

Pasé horas entre paredes demasiado limpias y a veces abría mi cuaderno para acordarme que ese que estaba ahí era yo. Porque ese mundo culiado, ese alambre de púas, esa pelota de baba... Te congestiona. No es enfermizo, es la enfermedad.

Los gestos de Cata ya no parecían decirme que sí, parecían haber votado por el sí y estar constantemente retractándose, arrepintiéndose con los muertos a la vista. Había que huir. Lo imaginé hasta el cansancio y el cansancio derrotó mi conformismo. Puse tantas líneas encima de la idea original que la idea original se volvió sólo otro borrón, una línea más de una casa fuera del sistema. Un bosquejo apenas intervenido por la voz tembleque de Isidora, un parpadeo nervioso de Cata, una comida donde nos veíamos más callados que antes y más devastados que antes. Yo estaba cuando esto sucedía. Yo viví dentro de esta estafa.

Yo dibujé una casa que estuviera lejos y la vida quería borrarla, quería borrarme, seduciéndome con su radiación de iones positivos, sonrisas falsas, aceptación por conveniencia, con su burocracia amistosa y sus ruiditos pajeros. Con la promesa de sexo más joven, con autos más caros, televisión más fulminante y tragos más gloriosos. Con más. Como si yo quisiera más, como si me pudiera más, como si pudiera llegar a más sentado en una oficina con vista a otra oficina, en una micro con vista a una multitud de pasajeros del centro de Santiago, gente que, como yo, no iba a ninguna parte. Ese mundo me quería calvo y sacó várices de mi cráneo. Ese planeta patético, ulceroso, puto. Cata paseándose, del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, vagando por las habitaciones, sola, tratando de evitar su reflejo en la ventana del living o en el pequeño espejo del baño de la oficina, vagabundeando en el hogar, en nuestro hogar, el hogar dulce hogar con una tele por cada sector y un letrero en su espalda que dice “Divórciate de mí”. Cata un sábado por la mañana, tomando un café en la cocina, mirando un pedazo de maleza porque es lo único que resalta en nuestro desértico patio de tierra. Esperando y, en un principio, investigando el hogar y sus límites, para luego ser aturdida con pitidos electrónicos, gritos de familia,telenovelas. Tirándose a un abismo saturado porque es un escape válido cuando todo (la rutina, la repetición) te dice que las grandes causas y las grandes pasiones son un círculo vicioso. Cuando el maravilloso futuro llega y has pagado con el presente. Cata racionalizando su cuerpo, con temor a verse reflejada porque el reflejo ya no es la copia sino la parodia, ridiculización, denuncia, sobreexposición, un chiste de protagonismo, esa en el reflejo no era Cata. Demasiado completa como para ser humana y buscarla, demasiado práctica, demasiado inhumana como para ser Cata.
Lo que ella era habitaba en otro sitio y me odiaba, nos odiábamos, te odiábamos. Porque nuestro odio olía a transición, se parecía a la
indiferencia, se hablaba en pelambres.

Ella no me gritaba puto, me gritaba sal rápido de la ducha. Yo no le gritaba puta, le gritaba no voy a salir de la ducha todavía. Era un odio diplomático, sabíamos que lo era pero jamás lo diríamos. Hacíamos de familia. Era ese territorio conchesumadre, ese mear en el fuego, cagar petróleo. Era la herencia de lo mismo y el orgullo de una etiqueta.

Nuestra casa llena de moscas, día a día más llena, como si la Isidora guardara un muerto bajo el colchón. Y ese muerto no habría sido más que un pilar, un poste que sostendría a Isidora cuando se le acabaran las lágrimas, se le secaran, no pudiera cerrar los ojos por sus párpados llenos de astillas, cuando las legañas de Isidora fueran críos muertos que había que esconder, cadáveres como pegafix por si el sol intentaba aspirar su cama. Y cuando se escondía y cerraba con llave se dedicaría a mirarlo, a cuidarlo con la mirada, a quererlo y esperar, a barnizarlo de diario de vida, psicólogo, tarotista, mejor amigo, lo escondería, lo volvería a mirar y lo volvería a esconder. El cadáver sería primero el terror de un invitado intruso, luego la atracción de unos amigos darkis, luego un juramento, finalmente la casa llena de moscas, pero también sería la terquedad, el cadáver sería la terquedad y luego de que yo me fuera se iría Catalina y el cuerpo que para nosotros sólo fue plaga e invasión sería un jardín cuando estemos lejos, cuando estemos lejos y dormidos, cuando estemos muertos o nos veamos de lejos, cuando soñemos. Un refugio en ese planeta de pedazos, cayéndose a pedazos, rompiéndose en pedazos. Ese chillido moralista, esa coprofagia del mercado humano, esa máquina de moler carne en la que yo sí estuve. Sufrí su geografía. Me mordió con sus bares y ensangrenté mis pantalones.

El Mapocho fue un enema, un olor, una naturaleza. Imaginé un cuerpo colgando de la Entel como cualquiera que haya pasado de frente a la torre y la quede mirando como al fuego. Vi o soñé una estatua circular en Estado. Yo estuve sentado en el borde que hacía de base, la estatua fue azul, dos brazos unidos por las manos (o bien dos manos unidas que parten del mismo brazo [o bien un apretón autosuficiente {o bien la reconciliación}]). Pegadísimo viendo como un ciego daba vueltas en círculos exactos. El bastón del ciego chocaba con un pie que siempre pasaba a ras de la forma circular porque no quería chocar con el ciego y el ciego tampoco quería chocar con algo más que el pie. Lo hacía de nuevo. Siempre la misma dirección, la misma vuelta, sentido de las manecillas del reloj.

Por las noches estuve: trataba de imaginarme siendo abducido, raptado, llevado a la fuerza por alguien de afuera, alguien que todavía no llegaba. Alguien parecido a mi casa fuera del sistema, alguien que parecía habitarla en otro lado, alguien que soñaba conmigo. Y al despertar comería una hamburguesa de soya, verduras o nada, tomaría un vaso de agua, se iría desintoxicando. Daría largos paseos por los montes, buscando insectos, especies de arbustos, una vista relajante, paz. Volvería a la casa a escribir, a dibujar, ordenaría los pocos objetos que hay en su casa fuera del sistema, se maravillaría ante el minimalismo.

El problema sería el otro, el que despertaba a los horarios, el que
vivía en camuflaje, el que dormía de puro aturdimiento. El conflicto
vendría cuando el otro empezara a planear, a acercarse. Saber que ambos habían despertado y mientras uno regaba, el otro miraba a la mujer con desapego, mientras uno se sentaba a tomar el sol, el otro tomaba una micro, mientras uno entonaba su mantra y meditaba, el otro sólo podía escuchar el zumbido comunicador de una micro o un bus y tal vez uno estaría escondido como una rata, como un cadáver cubierto de agujas, mientras que el otro paseaba por los cerros más fríos, solos y hermosos.

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26 Ene 2007 06:20
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Nota El ANTI-ADENTRO
EL ANTI-ADENTRO


Yo estuve en ese planeta de mierda. Ese palo de cemento,
esa pared. Yo estuve en ese infierno de tarjetas de navidad, frases
recicladas, leyes.

Participé de reuniones sociales con ceniceros de conchas
marinas, chaquetas de cuero, piel tan adicta al papel confort, las
servilletas, las toallas, los pasamanos, las páginas llenas de basura,
el piso tan lleno de tierra que parecíamos lijados y viejos y nos
colgaba todo.

Yo fui protagonista y fui secundario y pasé a llevar y me
pasaron por encima; 365 días al año.

Cacé, me cazaron, me casé con Catalina Maturana.

Jamás me sentí menos humano que cuando era un ser humano. Ahí, en el INMundo, el departamento sucio, ahí donde ni siquiera hay espacio para estirarse. Viendo a las plazas llenarse de basura. Y las micros rebalsarse de vómito. Y los pacos lavarse la ropa llena de la sangre de otro. Como ha sido siempre.

Yo escuché los bocinazos a diario y los olvidé mientras
sonaban. Vi atropellos, vi atropellados, fui al Burguer King.
Imaginé cosas donde no las había porque eso era mío. Soñé con
irme lejos, abandonarlo todo, virarme.

Soñé con tener el control, conservar fotos, ayudar a un
ciego a subirse a la micro. Soñé que estaba drogado en una oficina
llena de luces color violeta y amarillo. Soñé que era bueno y a un
viejo que proyectaba viejas películas en un teatro viejo le
importaba. Soñé que la ciudad estaba en ruinas y Pinochet bajo
una roca. Soñé que se quemaba mi techo y el cielo me caía encima
como un auto pateándome la cara.

Leí a Kerouac y a Tim Leary, les creí a los dos. Me hice una casa fuera de la sociedad. Me la imaginé, me la presentí, me la profeticé, me la llevé largas noches, me la rondé largas noches, me la tensioné (me la armé de puntas de clavo), me la guardé en dibujos y cifras y cuadernos viejos. A veces abría la mochila en una sala de espera y me ponía a bosquejar algo parecido a mi casa, trazaba líneas sobre otras líneas que se veían casi idénticas a las originales. Trazaba una ilusión sobre otra ilusión porque eso era mío.

Cata no era mía porque era mía igual y viceversa. Tuvimos una hija, Isidora, que no era de nadie. Tuvimos discusiones ajenas, impersonales, hacíamos de matrimonio. Dividimos un hogar en cuartos y luego hablábamos de compartir. Nos odiábamos en la rutina y arruinábamos vacaciones. La televisión conversaba por nosotros. Nos gustaba arrendar videos, ir al shopping, pedir una pizza de vez en cuando. No nos gustaba conversar ni ser descubiertos. No nos gustaba hablar de abandono. Cata volvía del trabajo, entraba al baño y se sacaba las cejas con una pinza hasta que bajo su frente se formaba una costra de puntos rojos. Isidora lloraba sobre una almohada cuya funda se iba poniendo cada vez más transparente, como si llorara sobre un fantasma. Y yo estuve ahí, en el lugar de los castrados.

Pasé horas entre paredes demasiado limpias y a veces abría mi cuaderno para acordarme que ese que estaba ahí era yo. Porque ese mundo culiado, ese alambre de púas, esa pelota de baba... Te congestiona. No es enfermizo, es la enfermedad.

Los gestos de Cata ya no parecían decirme que sí, parecían haber votado por el sí y estar constantemente retractándose, arrepintiéndose con los muertos a la vista. Había que huir. Lo imaginé hasta el cansancio y el cansancio derrotó mi conformismo. Puse tantas líneas encima de la idea original que la idea original se volvió sólo otro borrón, una línea más de una casa fuera del sistema. Un bosquejo apenas intervenido por la voz tembleque de Isidora, un parpadeo nervioso de Cata, una comida donde nos veíamos más callados que antes y más devastados que antes. Yo estaba cuando esto sucedía. Yo viví dentro de esta estafa.

Yo dibujé una casa que estuviera lejos y la vida quería borrarla, quería borrarme, seduciéndome con su radiación de iones positivos, sonrisas falsas, aceptación por conveniencia, con su burocracia amistosa y sus ruiditos pajeros. Con la promesa de sexo más joven, con autos más caros, televisión más fulminante y tragos más gloriosos. Con más. Como si yo quisiera más, como si me pudiera más, como si pudiera llegar a más sentado en una oficina con vista a otra oficina, en una micro con vista a una multitud de pasajeros del centro de Santiago, gente que, como yo, no iba a ninguna parte. Ese mundo me quería calvo y sacó várices de mi cráneo. Ese planeta patético, ulceroso, puto. Cata paseándose, del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, vagando por las habitaciones, sola, tratando de evitar su reflejo en la ventana del living o en el pequeño espejo del baño de la oficina, vagabundeando en el hogar, en nuestro hogar, el hogar dulce hogar con una tele por cada sector y un letrero en su espalda que dice “Divórciate de mí”. Cata un sábado por la mañana, tomando un café en la cocina, mirando un pedazo de maleza porque es lo único que resalta en nuestro desértico patio de tierra. Esperando y, en un principio, investigando el hogar y sus límites, para luego ser aturdida con pitidos electrónicos, gritos de familia,telenovelas. Tirándose a un abismo saturado porque es un escape válido cuando todo (la rutina, la repetición) te dice que las grandes causas y las grandes pasiones son un círculo vicioso. Cuando el maravilloso futuro llega y has pagado con el presente. Cata racionalizando su cuerpo, con temor a verse reflejada porque el reflejo ya no es la copia sino la parodia, ridiculización, denuncia, sobreexposición, un chiste de protagonismo, esa en el reflejo no era Cata. Demasiado completa como para ser humana y buscarla, demasiado práctica, demasiado inhumana como para ser Cata.
Lo que ella era habitaba en otro sitio y me odiaba, nos odiábamos, te odiábamos. Porque nuestro odio olía a transición, se parecía a la
indiferencia, se hablaba en pelambres.

Ella no me gritaba puto, me gritaba sal rápido de la ducha. Yo no le gritaba puta, le gritaba no voy a salir de la ducha todavía. Era un odio diplomático, sabíamos que lo era pero jamás lo diríamos. Hacíamos de familia. Era ese territorio conchesumadre, ese mear en el fuego, cagar petróleo. Era la herencia de lo mismo y el orgullo de una etiqueta.

Nuestra casa llena de moscas, día a día más llena, como si la Isidora guardara un muerto bajo el colchón. Y ese muerto no habría sido más que un pilar, un poste que sostendría a Isidora cuando se le acabaran las lágrimas, se le secaran, no pudiera cerrar los ojos por sus párpados llenos de astillas, cuando las legañas de Isidora fueran críos muertos que había que esconder, cadáveres como pegafix por si el sol intentaba aspirar su cama. Y cuando se escondía y cerraba con llave se dedicaría a mirarlo, a cuidarlo con la mirada, a quererlo y esperar, a barnizarlo de diario de vida, psicólogo, tarotista, mejor amigo, lo escondería, lo volvería a mirar y lo volvería a esconder. El cadáver sería primero el terror de un invitado intruso, luego la atracción de unos amigos darkis, luego un juramento, finalmente la casa llena de moscas, pero también sería la terquedad, el cadáver sería la terquedad y luego de que yo me fuera se iría Catalina y el cuerpo que para nosotros sólo fue plaga e invasión sería un jardín cuando estemos lejos, cuando estemos lejos y dormidos, cuando estemos muertos o nos veamos de lejos, cuando soñemos. Un refugio en ese planeta de pedazos, cayéndose a pedazos, rompiéndose en pedazos. Ese chillido moralista, esa coprofagia del mercado humano, esa máquina de moler carne en la que yo sí estuve. Sufrí su geografía. Me mordió con sus bares y ensangrenté mis pantalones.

El Mapocho fue un enema, un olor, una naturaleza. Imaginé un cuerpo colgando de la Entel como cualquiera que haya pasado de frente a la torre y la quede mirando como al fuego. Vi o soñé una estatua circular en Estado. Yo estuve sentado en el borde que hacía de base, la estatua fue azul, dos brazos unidos por las manos (o bien dos manos unidas que parten del mismo brazo [o bien un apretón autosuficiente {o bien la reconciliación}]). Pegadísimo viendo como un ciego daba vueltas en círculos exactos. El bastón del ciego chocaba con un pie que siempre pasaba a ras de la forma circular porque no quería chocar con el ciego y el ciego tampoco quería chocar con algo más que el pie. Lo hacía de nuevo. Siempre la misma dirección, la misma vuelta, sentido de las manecillas del reloj.

Por las noches estuve: trataba de imaginarme siendo abducido, raptado, llevado a la fuerza por alguien de afuera, alguien que todavía no llegaba. Alguien parecido a mi casa fuera del sistema, alguien que parecía habitarla en otro lado, alguien que soñaba conmigo. Y al despertar comería una hamburguesa de soya, verduras o nada, tomaría un vaso de agua, se iría desintoxicando. Daría largos paseos por los montes, buscando insectos, especies de arbustos, una vista relajante, paz. Volvería a la casa a escribir, a dibujar, ordenaría los pocos objetos que hay en su casa fuera del sistema, se maravillaría ante el minimalismo.

El problema sería el otro, el que despertaba a los horarios, el que
vivía en camuflaje, el que dormía de puro aturdimiento. El conflicto
vendría cuando el otro empezara a planear, a acercarse. Saber que ambos habían despertado y mientras uno regaba, el otro miraba a la mujer con desapego, mientras uno se sentaba a tomar el sol, el otro tomaba una micro, mientras uno entonaba su mantra y meditaba, el otro sólo podía escuchar el zumbido comunicador de una micro o un bus y tal vez uno estaría escondido como una rata, como un cadáver cubierto de agujas, mientras que el otro paseaba por los cerros más fríos, solos y hermosos.

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Nota RE: El ANTI-ADENTRO
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26 Ene 2007 06:32
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26 Ene 2007 06:32
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Nota RE: El ANTI-ADENTRO
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Nota RE: El ANTI-ADENTRO
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26 Ene 2007 06:58
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Nota JENNY
JENNY


El dia que muera Jenny, habrá señales en el pasto.

El dia que muera Jenny, habrá tocatas de Dos Minutos, llamadas telefonicas sin contestar; silencio y desengaño.

El dia que muera, las palomas se asfixiaran, y seran juegos sexuales de adolescentes reprimidos y jalaran coca en ciertos dias, en ciertas instancias. Habra deseos y fanfarrias. Habrá himnos ilegales. Seremos carne. Destino.

Seremos

A-----M-----P-----L-----I-----T-----U-----D.

Tendremos hijos dedicados al uso de computadores y tecnologías y discos de música que nunca me gustaron. Se moverán ciertas líneas hacia el este, con cabezas calvas hechas de cemento. Los autos sobre una carretera que no parece tener fin, en ronroneos ligeros que acarician hasta el más fino punto de serenidad afectiva. Como si el afecto, en alguna instancia y día, pudiera jalarnos a todos en una enorme nariz que tenga sinónimo. Y las líneas moviéndose nos llevarán hacia ese punto en el horizonte que es sinónimo de algo que nos guste nombrar. Nos lleven, y entonces…

El día que muera Jenny, el doctor será un viejo idiota de un nombre alemán que no recordaremos, y nosotros, mirando sus anteojos, sus arrugas como si fueran de otro mundo. Imaginaremos sus rollos arrugados, sus tripas colgantes, la carne de sus pantorrillas agotada por el exceso de sol. Y nos dirá. Claro que sí, nos lo dirá claramente. Jenny ha muerto. Vagaremos por las calles, pediremos la chela de siempre, en el Andrea. Y yo recordaré que amé a una Andrea. Y los demás quedarán con una expresión reconciliadora, como si en el fondo lo estuviera haciendo por otra cosa, como si pensar en Andrea en realidad fuera el acto de no pensar en Jenny. Un pseudopodo que se aleja de su presa. Una regla que tuerce la línea en el cuaderno. Un diskette que formatea por incompatibilidad de sistema operativo. Un Barney azul. Un Marco Enríquez sin decir la palabra hueon. Una pared sin rayas inútiles de un hip hop de la reina. Y la reina sin corrupción. Y la corrupción sin políticos. Y la política sin anarquismo. Y el anarquismo sin dictadura. Y la dictadura sin Lemebel. Y Lemebel sin Bolaño. Y Bolaño sin Cortazar. Y Cortazar sin Henry Miller. Y Henry Miller sin maquina de escribir. Y la escritura sin Jenny. Sin Jenny: la Reina, ni la corrupción, ni los políticos ni la política ni el anarquismo, sin la dictadura ni Lemebel ni Bolaño ni Cortazar ni Henry Miller. Sin escritura. Y nos moverán las ráfagas de aire, los días de lluvia. Algunas palabras. Ciertas imágenes. Los recuerdos y los sueños. Talvez libros usados en San Diego y luego irnos a algún lado. Y luego nos moverá una pizza y hasta ahí llegaremos.

Será empezar de nuevo, encontrarnos de nuevo. Será la búsqueda y una jubilación imprevista. Será el eterno retorno, la nada, el ser, los dioses, los destinos. Seremos tú y yo (un tú y un yo) a las doce en el Andrea, tomando hasta ahogarnos, y las malditas penas saben nadar. Será algo que nos mueva y lleve, algo que nunca juzgue aunque quisiera. Seremos nuestros propios pisos compartidos, nuestra inmaterial relación de roomies, nuestra propia e inmortal sensación de angustia. Y quizás nunca haya nada más bello. Estaremos buscando cajas, desordenando camas, metiendo libros en enormes repisas y viendo el televisor hasta las cinco de la mañana. Será. Siempre será. Y entonces quizás algo nos lleve realmente. Algo nos separe, nos quiebre. Y nos veamos las caras en una feria del libro en Ñuñoa. Pensaremos en la corrupción y los años y las gotas de lluvia y las sonrisas falsas dedicadas hace tanto tiempo. Quizás nos abracemos. Quizás tu llores, y yo sienta tu voz en mi hombro pronunciar un nombre distinto. Una sola palabra que nunca haya escuchado. Un concepto de alien, esa palabra maravillosa que fuimos los dos. Algo nos lleve por ciertos caminos, y en el lecho de nuestra muerte, nos demos cuenta. Sintamos su aliento minutos antes del amanecer.

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26 Ene 2007 17:27
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Nota RE: El ANTI-ADENTRO
Chaqueteros de la conchesuma !

Excelente texto... Bueno, bueno... me he sentido así (un poco solamente) a veces.


26 Ene 2007 17:40
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Nota P.A.W.
P.A.W. ::::::

El gran problema no es la pobreza, el maltrato de niños, las violaciones, el asesinato, y un gran etcétera.

Piénsalo.

Conoces muchos tipos y tipas que

Están en contra, y

Un 10% o más que los apoya en secreto, hasta que

Llegan las cámaras y se acabó por unos minutos.

Consensos, heroísmo, salvadores, mártires-celebridades.

“Somos más populares que jesucristo” (y podrían haber sido más

impopulares que el día domingo habrían

vendido discos igual).

Yo no les crea una wea’ de lo que dicen esos políticos.

No les creo ni a los cultos ni a los ignorantes. Nadie sabe el problema excepto yo.

Lo realmente importante,

El problema verdadero:

La wajardosis.

Todos esos etcéteras: pobreza, violación, asesinato, maltrato; dan

Lo mismo en comparación con el mal que nos ha hecho la wajardosis.

Tú lo sabes, yo lo sé, ella lo sabe, él lo sabe; y ellos le dicen a sus amigos, y sus amigos a sus amigos, y así, y así (pantalla dividiéndose, visión de mosca).

Wajardosis es lo que debemos eliminar.

Wajardosis es el mal verdadero y absoluto.

Si no existiera la wajardosis, todo sería realmente bello.

Te lo juro por lo que conozcas, creas y sepas. La wajardosis es la causa y efecto de todo lo podrido en este mundo.

Y en otros mundos,

En sus lunas y sus

Estrellas

Y en los mundos de esas estrellas

Y en las estrellas de esos mundos, y así, y así (visión de dios, pantalla gigante, el control cambia de canal)

Wajardosis inconcebible.

Wajardosis imperdonable.

Wajardosis es el problema, lo ha sido, y siempre lo será.

No dudes de mi palabra, duda de la wajardosis.

Si yo estuviera en tu posición, me haría caso.

De hecho, tendrías que votar por mí.

Y tendrías un gobierno libre de wajardosis.

Y no habría wajardosis en las calles.

Ni entre las sombras, ni en mi

País. La wajardosis se habría evaporado.

Sin wajardosis, prometo la Nación libre.

Sin wajardosis, da por sentado un mundo feliz y con sentido.

Un mundo sin arte (no hay nada que alegar)

Un mundo sin ayuda (no hay nadie a quien ayudar)

Un mundo sin humor (no hay de qué reírse)

Un mundo sin revolución (no hay de qué revelarse).

Un mundo sin orgullo (todos somos iguales)

Un mundo sin nada que hacer, ni decidir,

Más que el suicidio.

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27 Ene 2007 07:35
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Nota Historia de amor sobre el mañana escrita a modo de PSU
Historia de amor sobre el mañana escrita a modo de PSU



I.- Pregunta: ¿Te perderé mañana?

A) recuerdos.

A1.- Estábamos viendo una película sobre un tipo que al final de una vida perdía la memoria. Recuerdo la revolución de los vagabundos, y un perro llamado Hannibal, que en realidad era una perrita regalona. Recuerdo la imagen del amnésico recostado en un colchón en un cuarto oscuro, fumando. Eso me hizo pensar en algo que siempre sucede. Que cuando dejas de fumar por una larga sucesión de momentos, volver a hacerlo es algo de otro mundo. Al principio de la película, el tipo moría por cinco minutos. Luego, la imagen del tipo fumando en el colchón.

A2.- Ella. La conversación que tuve con ella después de ver la película. Sus comentarios y promesas de besos y abrazos y apretones. Su voz. Su voz diciéndome que se iba a otro lugar, se escuchaba The Clash y ella me llamaba su chico literato punk que adoraba, yo decía un estúpido comentario sobre mis zapatillas, y ella encontraba la forma de hacerme sentir bien. Decir entonces que debería haber una metodología para dar besos por teléfono. Decir que me lo diera. Decir que mañana. Y nos aferrábamos a ese hoy y mañana como las dos cosas que nos mantenían juntos, y sin embargo, el mañana. Pía decía que le quedaba una semana en el colegio. Que la cambiarían de casa. Los poderes superiores y nuestra insumisión opacada. Entonces ella decía que tenía sueño. Y yo le decía: “Duerme junto al teléfono”. Y ella decía: “Abrazando el teléfono”.

A3.- Recuerdo la angustia. Recuerdo la sensación de estar cerca de la muerte, y permanecer hasta su fin a medias. Y en las tardes, llegaba a casa y fumaba un cigarro. Era el gusto de la libertad.

B) imágenes.

B1.- El beso del amnésico con la mujer cristiana. Le daba un beso en la mejilla. Los labios del amnésico, llenos de nicotina, tocaban la suave mejilla de la cristiana. Y ella decía: “Me has robado un beso”. Y él no decía nada. O quizás no lo recuerdo.

B2.- Yo podía sentir el roce de sus manos en mi espalda, y sus mejillas en las mías, y sus labios en una de mis mejillas. Podía sentir el viento y las luces callejeras. Podía sentir la calle en mis zapatos punk y el frío en mis brazos literatos. Pero permanecíamos abrazados. Y podía durar por siempre. Por alguna razón, un libro Nadaísta de Humberto Navarro. En el libro había mucha onírica y confusión, pero entremedio de líneas, aparecían frases que te descolocaban. Esto no lo digo porque crea que así debe ser la literatura. Lo digo porque esa frase que te marca entre tanta desolación, eso era este momento. Y duraba por siempre. El abrazo terminaba, y ya estábamos ahí. Marcados por nuestro tacto, nuestras camisas y nuestros juegos. Y yo le decía: “Estás roja”. Y ella decía: “me teñiré el pelo rojo para ser un tomate completo”.

B3.- La tercera imagen es ella mirándome en la oscuridad.

C) citas.

C1.- Cortázar decía en uno de sus libros que el paralelismo es imposible. Que las páginas de un libro te adelantan a lo que había antes, pero te atrasan de lo que viene después.

C2.- El amnésico de la película le decía a la mujer que no la acompañaba por frescura. Que él le tenía miedo a la oscuridad.

C3.- En otros escritos insómnicos, escribir la palabra “genial”, y sentir a Pía entre mis brazos. Perderle el miedo a la noche que llama el mañana.

D) sueños.

D1.- Soñé que era uno de los asesinos de Columbine y que mataba a personas inocentes escuchando temas de marilyn manson. Que tomaba la metralleta, y luego todo se volvía difuso y peligroso. Y que las leyes me llevaban al suicidio. Pero de alguna forma, era lo que buscaba. Romper con todos los límites, y luego morir. Como si en el fondo esa fuera la ley de todo lo que sobrepasa la ley: morir.

D2.- Soñé que me sumergía en ella, y que me albergaba con sus brazos. Permanecíamos así por horas. Guardándome sólo para ella. Entonces no quería despertar. Pero podía no ser un sueño. Acurrucados. Podía dejar de ser un sueño y volverse realidad. O ser ambos, un sueño y una realidad, un límite que se rompe, un abrazo y afecto, el límite de la mano y la sonrisa que se abre, acurrucados y las líneas que se abren. Que dan espacio a una salida.

D3.- Soñé que todos tomábamos la salida y llegábamos a un lugar sin restricciones. Entonces despertaba.

No sé si era porque me negaban la solución, o porque me daban la oportunidad de concretarla.




E) analogías.

E1.- Amnésico es a Anonimato. Y del anonimato, el propio anonimato, el no saberse a uno mismo, el empezar de nuevo, olvidar la información que realmente no sirve, al verdadero amor. Correr el riesgo.

E2.- Como Anonimato es a ella. Y de llamarse a sí misma Perdida en un foro de internet, a preguntarse si es porque está perdida, porque no sabe a dónde ir, porque no sabe dónde está, porque la han perdido, porque ellos se la están perdiendo. En el fondo, a habérmela ganado, y ser feliz. Ser realmente feliz.

E3.- Como ella es a Libertad. Porque los problemas, sí, pero hay personas que son ese concepto. Libertad. Que con un solo contacto, sabes que estás frente de frente a la sensación, y de ahí al abrazo y las caricias.

En un mundo paralelo, esto ocurre en el mismo instante y es igual de perfecto.

F) fantasías.

F1.- La fantasía de Lemebel. Un mundo en el cual podamos expresarnos y sobreexpresarnos sin límites de ley.

F2.- La fantasía de ella. Doble: Un hielo pasando por sus pechos de limón: un lugar sin colegios ni represiones.

F3.- Mi fantasía personal. Verla feliz, sabes.

G) palabras.

G1.- Lo que hay

G2.- Es lo que queda,

G3.- todo esto.

H) formas de ver el presente.

H1.- Escribo y pienso en que me quedan dos cigarros. Y aún quedan dos horas de escritura insómnica. Debo jugarme la libertad. Debo esforzarme.

H2.- Pienso en Pía y deseo abrazarla. Me imagino una imagen: Pía durmiendo. Su boquita cerca del colchón. Sus dedos tocando las sábanas. Sus piernas acurrucadas. Pienso en que estará soñando, y si estar despierto a esta hora hablando de Pía es soñar con ella. Quizás en ese mundo paralelo.

H3.- Siento la pérdida de los momentos, y cómo se nos van de a poco. Recuerdo a mi abuela, y su deseo de morir. Pienso nuevamente en mi sueño de Columbine. Y tal vez, sólo tal vez, el suicidio no es opción. Entonces, lo que debo hacer es seguir y seguir escribiendo.

I) preguntas.

I1.- ¿Si el amnésico perdió su pasado, podrá forjarse un futuro?

I2.- ¿Si toco el borde de tu boca con mi dedo, será este el primer beso o el último?

I3.- ¿Cuántas horas nos quedan?

J) respuestas.

J1.- El amnésico volvió con la cristiana. El amnésico la besó.

J2.- Este es el segundo beso, pero es el primero. Este es el tercer beso, pero es el primero. Toco el borde de tu boca y se desata el inicio.

J3.- Nos quedan 24 horas. Las 24 horas del día de mañana.

Nos queda comenzar.

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Toy rodeao e puros weones

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27 Ene 2007 07:40
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